BUCLE
Sentí que me perdí, pude saborear en primera persona la relatividad del tiempo. La realidad y el sueño se mezclaron y mi mente, pobre de ella, intentaba salvarse a sí misma supervisando cada paso que daba, cada palabra que decía y cada cosa que escuchaba.
Mi cuerpo estaba presente en un lugar donde mi consciencia no estaba, el ahora era muy eterno, tanto que era totalmente incompatible con la razón. Me percibí cayendo en el pozo de la locura, bebí de sus aguas y vi sus fantasmas en el fondo.
Me anclaba en total angustia a la realidad, buscaba cosas que fueran irrefutablemente reales: es real la letra de la canción que escucho, es real lo que veo en el escenario...¿Es real? ¿Qué siento? ¿Es calor? ¿Es frío? ¿Estoy llorando?
La constante necesidad de confirmar mi cordura me llevó al reino del desespero, es el peor lugar donde he estado. Ni la muerte, ni el dolor se comparan al desespero. Pasaban las horas y la batalla interna era un grito sordo en el que nadie podía ayudarme. Era yo ahogándome, tratando de cuidarme y salvarme a mí misma, un delirio, una incoherencia brutal.
Y los ojos que me rodeaban me miraban preguntado ¿Estás bien?¿Qué te pasa? pero nadie hablaba, me miraban y yo me asustaba, me escondía para no mostrar que efectivamente estaba perdida.
En un momento pude sentir mis latidos apagándose contra el cronómetro en mi mano, incapaz de sentir lo que dura un segundo o una eternidad (y sintiéndolos a la vez) tenía a ése pequeño aparato sin alma teniendo el ritmo de la vida mejor calibrado que yo. Era un hecho: un minuto transcurrido que fueron como dos horas para mí, 55 latidos que fueron al ritmo del cronómetro pero no el de mis pensamientos.
Cerré los ojos esperando que el sueño me regresara a éste universo, no pude dormir, cada pensamiento era como una ventana emergente que cortaba la visibilidad del anterior. Pienso mucho, creo que siempre he sido así, pero poder ver como es imposible tener más de un pensamiento a la vez es tremendamente frustrante. Era incapaz de tener una idea porque inmediatamente surgía otra y olvidaba lo que estaba primero, era como querer cocinar y que me lanzaran todos los ingredientes en la cara a la vez sin poder decirme cuál va primero y qué se hace.
Con los ojos cerrados en el mundo del delirio mi mente buscaba anclarse a las realidades no tangibles de la vida, no sé por qué me llevó a la playa, al atardecer, nublada y vacía. Era una niña de cabello rizado y ojos llenos de pureza, al lado de un niño de cabellos rizados y ojos color café jugando solos en medio de esa playa. Una pequeña mano se confrontaba a la otra y los ojos llenos de brillo se encontraron, se reconocieron, sonrieron confundidos y el lienzo de la imagen se consumió en fuego.
Abrí los ojos y mi alma tal vez fue la que me dijo: aún estás aquí. Porque el amor que sentía seguía siendo el mismo aunque mi mente me estuviera abandonando y torturando. El amor no viene de la mente, viene del alma a fin de cuentas.
Pude relajarme un poco luego de eso, no sé si dormí, no sé cuánto tiempo estuve en el limbo. El día había llegado y la luz del sol despertó al juez que estuvo adormecido un rato luego de vernos niños y libres.
¿Qué ha pasado? ¿Qué hice? ¿Qué dije? ¿Lo hice? ¿Lo dije? Volvía la tortura a mí.
Caminaba y lo vi, me alegró verlo pero ¿Lo estaba viendo o lo estaba imaginando? ¿Y si mi mente delirante encontraba consuelo en verlo una vez más? Al ver su rostro cansado mientras me ignoraba con el teléfono en la mano tuve otra ancla a la realidad: sí, ya lo he visto cansado antes, ya lo he visto evadirme también, esto es real...¡Qué alivio!
Cada paso que daba era una batalla por mantenerme a salvo y con vida, sentía que era observada, que todo el mundo me miraba y me juzgaba, que se notaba que estaba completamente fuera de mí, que debía ocultarme: paranoia y psicosis.
Cruzar la pista y ver cómo los segundos se detenían o de pronto corrían en el semáforo me llevaron a aceptar que estaba totalmente vulnerable y sola, que podía morir y que ya daba eso igual. El sonido del claxon y el color verde del semáforo me desnudaron en medio de los autos: es verdad, pudiste morir.
Al llegar a casa la agonía continuó, acostada en la cama solo pedía poder dormir, que el sueño me traiga a éste mundo y me devuelva lo que más amo de mí: mi mente, mi forma de ver todo, mi razón. Pedí a Dios (que hace mucho no sé cómo es que me escucha) que por favor me deje regresar, que rota, deprimida y triste amo mi mente porque me permite vivir en éste mundo de mierda, vivir MI VIDA, lo único que tengo. Pensaba en que si iba a perder mi mente y navegar por siempre en la locura prefería el amor incondicional de la muerte que la desesperación de estar atrapada en el bucle interminable de pensamientos y de cuestionamientos, en la desesperación y en la desconfianza ante todos y ante mí misma.
¿Y si ya era la hora de partir? si había perdido mi mente tal vez tocaba perder la vida, cada pensamiento que surgía me gritaba "estás loca" "estás cuerda" "mejor la muerte" "estarás bien, ten paciencia" "te amo" "tengo miedo" "por favor ayúdame". De pronto el sueño llegó y hubo silencio, desperté y los pensamientos eran menos "visibles", algo no encajaba todavía en mí (honestamente, aún algo no termina de encajar) pero percibía mi regreso, mi propia mente buscaba monitorizarse, darme evidencias de que yo estaba bien.
A lo largo de mi vida hice cosas muy estúpidas, la mayoría de ellas han surgido del impulso, del dolor o de la inmadurez. Esta vez fui imprudente por impulsiva, por confiada me metí en el laberinto sin encontrar salida.
No sé por qué siempre algo me ata a la vida con una fortaleza que no comprendo, no sé si hay algo que se espere de mí para este mundo, no sé si soy o no tan importante o tan insignificante pero en medio del caos, del dolor, de los adioses, de la muerte, del delirio, la angustia y el desespero encuentro en mis profundidades una terrible calma y certeza, una que sabe que el capítulo no acaba en ése punto final que estoy viendo en la página.

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